Dolores de coyuntura
Dolores de coyuntura

Se instala el nuevo Congreso 2026-2030: retos de gobernabilidad

Diego Canesto Arenas

Profesional en Relaciones Internacionales y Estudios Políticos, Esp. en Formulación de Proyectos y Mg. en Derechos Humanos. Catedrático Universidad Militar Nueva Granada. 

El 20 de julio de 2026, como es costumbre cada cuatro años, se instaló un nuevo Congreso de la República. Y digo nuevo no porque quienes lo integran representen una renovación de la dirigencia política colombiana, sino porque su conformación es el resultado de las elecciones legislativas celebradas el pasado 8 de marzo.

Empezó tarde, pero empezó. La Ley 5.ª de 1992 establece que el Congreso debe ser instalado por el Presidente de la República a las 3:00 de la tarde. Sin embargo, el acto comenzó pasadas las 4:30 p. m. Tras un discurso cercano a las dos horas, en el que abundaron las cifras para defender la gestión del gobierno saliente, y entre aplausos, rechiflas y arengas de uno y otro sector, quedó formalmente inaugurado el nuevo periodo legislativo. La imagen del recinto fue, en esencia, la misma de los últimos cuatro años: unos defendiendo con entusiasmo las políticas de Gustavo Petro y otros cuestionándolas con igual intensidad.

Cumplido el trámite de posesión de los congresistas —103 senadores y 188 representantes a la Cámara, aunque una curul del Senado permanece en silla vacía por la situación jurídica del senador Antonio Correa Manzur—, ambas corporaciones se dividieron para elegir sus respectivas mesas directivas.

La suerte estaba echada y, al menos en ese momento, la derecha llegaba dividida. En la Cámara de Representantes la elección transcurrió sin mayores sobresaltos. La anécdota la protagonizó la representante María Fernanda Carrascal, quien anunció por error como presidente a “Simón Bolívar”, antes de corregir inmediatamente y aclarar que se trataba de Simón Molina. Un lapsus que despertó sonrisas en medio de una jornada cargada de tensión.

En el Senado la historia fue distinta. Dos candidatos disputaban la presidencia de la corporación: Alfredo Deluque, del Partido de la U, y Honorio Henríquez, del Centro Democrático. Más allá de los nombres, la elección representaba la primera prueba política para el ministro designado del Interior, Rodrigo Lara Restrepo, llamado a construir mayorías para el gobierno que se posesionará el próximo 7 de agosto.

La votación, apurada por el tiempo y desordenada en su desarrollo, terminó siendo uno de los momentos más llamativos de la jornada. Se instaló una urna suministrada por la Registraduría con el propósito de garantizar el carácter secreto del voto y brindar transparencia al proceso. Sin embargo, varios senadores decidieron mostrar públicamente su papeleta, desatendiendo las advertencias de la comisión de la Procuraduría que insistía en la reserva del sufragio. La explicación fue contundente: el Congreso es un órgano autónomo, una rama independiente del poder público, y sus procedimientos no pueden ser condicionados por un organismo de control. La escena dejó planteado, una vez más, el debate sobre los límites de la autonomía parlamentaria frente a la vigilancia institucional.

Durante el llamado a lista, el senador Jota Pe Hernández permaneció junto a la urna observando el depósito de cada voto. Participaron 102 senadores. El único ausente fue Manzur, quien, al encontrarse privado de la libertad, no pudo posesionarse, razón por la cual el Senado mantiene una silla vacía.Llegó entonces el escrutinio. El resultado fue claro: 56 votos para Honorio Henríquez y 45 para Alfredo Deluque. Más allá de la cifra, el mensaje político fue evidente. El Pacto Histórico, ya ubicado en la oposición frente al gobierno entrante, terminó coincidiendo con el Centro Democrático en una votación decisiva para la conformación de la mesa directiva. Una alianza circunstancial que habría parecido impensable hace apenas unos meses, pero que confirma una de las máximas más conocidas de la política: las alianzas no son permanentes; permanentes son los intereses.

Lo cierto es que el nuevo gobierno arranca con serios desafíos para gobernar. El Congreso, incluso antes de la posesión presidencial, ya le mostró los dientes al tigre. Ahora será el turno del Ejecutivo. Como advertía Thomas Hobbes, la política está lejos de ser un espacio de ingenuidades; es un escenario donde los intereses prevalecen sobre las afinidades. El tigre tendrá que aprender a convivir con estos particulares animales políticos, persuadirlos cuando sea posible, contenerlos cuando sea necesario y evitar, sobre todo, que terminen devorando su agenda de gobierno.

Bogotá D.C., 21 de julio de 2026​


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