Sarah Díaz
Profesional en Relaciones Internacionales y Estudios Políticos, periodista, investigadora y diseñadora freelance enfocada en comunicación internacional y análisis geopolítico.
– “Hello and welcome to Bus Stop Trivia! For 10 pounds can someone tell me…”
Así inicia uno de los formatos de video corto filmados en Reino Unido que han ganado popularidad en los últimos meses con millones de reproducciones en cada uno de sus episodios. Bus Stop Trivia tiene una dinámica sencilla, los londinenses esperan en una estación de bus y el host (el usuario The Raffle Kid en Instagram) se acerca en su automóvil y realiza a los transeúntes una pregunta de cultura general, el primero de ellos en responder se lleva un billete de 10 libras. El programa es atractivo, el formato es corto, las preguntas “corchadoras” y la personalidad de quienes son protagonistas en cada episodio garantizan buenos números en redes sociales.
En Colombia, este tipo de formatos de video trivia no son ajenos. Muchos influencers en la zona norte de la capital siguen estos trends acercándose a las personas y preguntando. En esta ocasión, uno de ellos copia el modelo inglés y pasa en su carro por una estación de SITP y pregunta “Por 10 lucas, ¿cuál es el río más largo de Colombia?” A diferencia del video europeo, las personas de la estación se quedan en silencio, se miran entre ellas y ninguna responde. El conductor vuelve a preguntar, y todos lo miran con desconfianza hasta que una chica responde suavemente: “¿El Amazonas?” El creador de contenido le da el billete de diez mil pesos que ella toma con desconfianza, mientras el auto se aleja. En el video, muchos de los comentarios defienden la actitud de quienes estaban en la parada de bus, “Yo siento que si recibo ese billete, me escopolaminan”, decía uno de ellos.
Y tienen razón al desconfiar, Bogotá tiene una inseguridad que crece exponencialmente a diario, y ese miedo no es infundado: los robos a mano armada, el atraco callejero y los casos de escopolamina hacen parte del paisaje cotidiano de muchos bogotanos, algo que contrasta radicalmente con la seguridad que permite ese tipo de dinámicas espontáneas en Londres. “entre enero y mayo de 2026 se registraron 14.274 robos de celulares en la capital, un promedio de 101 hurtos diarios, y casi nueve de cada diez celulares hurtados no fueron recuperados (según El Tiempo) la inseguridad nocturna cuenta la misma historia, el robo de motos se disparó 64% en la madrugada y más de la mitad de los hurtos a personas ocurren de noche. La brecha entre lo que dicen las estadísticas y lo que sienten los bogotanos en la calle explica, en parte, por qué nadie se atrevió a responder con confianza.
Y ese es uno de los desafíos de importar un modelo europeo a Colombia. Y no solo aplica para videos de internet, sino para políticas públicas en el país.
Aunque comparar un video de internet con toda una política pública pueda sonar absurdo, e incluso un poco insultante, en realidad sí se pueden trazar paralelos importantes entre ambos. Los latinoamericanos hemos crecido escuchando la misma comparación con Europa: “si los noruegos hacen esto, en Colombia deberíamos hacer lo mismo”. Pero ¿es realmente tan sencillo como copiar y pegar las normas de un país y ajustarlas a las nuestras? La respuesta corta es no. Hay mucho más detrás de un modelo de sociedad que las leyes o políticas que lo sostienen en la superficie. Colombia tiene muchos problemas, y uno de ellos es precisamente ese: la tendencia a copiar modelos ajenos en lugar de inspirarse en ellos y adaptarlos a su propia realidad, esto radicado en múltiples problemas.
Primero, Colombia no tiene una política de Estado sino de gobierno, muchos de los planes que se ponen en marcha están diseñados para durar los cuatro años de quien esté sentado en el poder, o son frenados por el próximo gobierno en turno una vez implementados. Es claro que cada administración prefiere empezar de cero antes que continuar lo construido por la anterior, eso por temas de egos y méritos (puede ser) pero también genera lo que conocemos como la ley del péndulo, que desperdicia años de avance institucional.
Segundo, los altos niveles de corrupción: en 2025, Colombia obtuvo apenas 37 puntos sobre 100 en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparency International, ubicándose en el puesto 99 entre 182 países, un descenso de siete puestos frente a 2024. Es decir, mientras el país discute reformas y anuncia planes de transparencia, en la práctica muchos de los proyectos de ley se quedan en solo “proyectos”
Tercero, la diversidad geográfica hace más difícil la implementación en temas de infraestructura. La diversidad geográfica hace mucho más difícil implementar cualquier modelo de infraestructura pensado en otro contexto. El mismo Transmilenio es el ejemplo perfecto: nació como una adaptación del sistema BRT de Curitiba, Brasil, y de Ciudad de México desarrollado en los años 70. El problema es que Curitiba tiene apenas un tercio de la población de Bogotá, y ese desajuste de escala, sumado a que la ciudad nunca construyó el metro que muchos expertos consideraban necesario desde el principio, y muchos otros temas más (que dan pie a otro ensayo) son hoy señalados como la raíz de su colapso por sobredemanda.
Adicionalmente, la manera en que está ordenado el territorio es otro problema. El plan de Ordenamiento Territorial, tanto en Bogotá como en Colombia, ha sido un caso constante de inestabilidad jurídica; en la capital, las múltiples demandas ante la Corte Constitucional por la creación de nuevas divisiones administrativas han generado meses de incertidumbre que afectan directamente al sector de la construcción —que representa el 17% del PIB de Bogotá—. Esto sin contar temas demográficos, el centralismo por mencionar algunos.
El conflicto armado también es una amenaza directa al desarrollo. En 2025, un paro armado del ELN obligó a suspender las obras de la vía Popayán-Santander de Quilichao, tras ataques que destruyeron cerca de 40 máquinas de construcción. Y en Antioquia, la seguridad de un proyecto tan estratégico como Hidroituango (dejando de lado los pasados escándalos políticos de corrupción por el mismo) depende de operativos permanentes para impedir que disidencias de las FARC instalen explosivos en la vía de acceso.
Todos estos son solo contados ejemplos de los cientos de porqués de por qué no es tan sencillo hacer “control +c, control +v” en las políticas públicas. Más allá de lo infraestructural, mencionado por el mismo Nobel de economía James A. Robinson sobre Colombia, no es que las políticas estén mal diseñadas en su totalidad, sino que cuando chocan con la realidad no generan aprendizaje, ni se corrigen, el país sigue midiendo el éxito por la existencia de la ley, no por su cumplimiento, según lo citado por El Colombiano.
Y esa es, quizás, la diferencia de fondo entre Colombia y los países que solemos poner como referencia. Noruega y Suiza son países con alto nivel de accountability y logran que sus políticas, una vez en el papel, se traduzcan en lo real. Cuando esto ocurre por décadas, sin interrupciones cada cuatro años, sin que la corrupción se coma el presupuesto, sin que un grupo armado dinamite la carretera, una sociedad puede progresar constantemente.
Cuando una población tiene todas sus necesidades básicas cubiertas, se puede preocupar más a fondo de otro tipo de problemas que mejoran inmensamente la calidad de vida de sus habitantes. Cada vez que alguien dice “Imagínate vivir en Suiza y perderte de esto” frente a una precariedad que debería resolverse con servicios básicos, normalizamos la falta de atención política a estas cuestiones. Y no me refiero a los videos y memes de aspectos culturales arraigados a nuestra identidad latina, sino a las fallas de atención del Estado, precisamente donde más se necesita.
Aunque este problema no solo pertenece a Colombia, múltiples países del sur global tienen estos mismos desafíos, pero también sus aciertos. Este éxito que otros países más cercanos en condiciones a nosotros tienen en algunos de sus proyectos de infraestructura, deberían ser de mayor inspiración para implementar en el país, desde el Metro de Yakarta, Indonesia, que en solo cuatro años expandió el área de cobertura del transporte público de la ciudad en un 400%, pese a partir de una situación de congestión vial tan crítica que los habitantes llegaban a gastar el 20% de su ingreso mensual en transporte hasta el Metro de Quito, que logró conectar el norte y el sur de la capital ecuatoriana en 34 minutos, un trayecto que antes tomaba hasta 90 minutos en hora pico, y que hoy es reconocido en la región como un caso exitoso pese a haber enfrentado, durante su construcción, los mismos fantasmas de corrupción y retrasos que atormentan a los megaproyectos colombianos. El sur global puede ser su propia inspiración y ayudar a impulsarse colectivamente hacia el desarrollo.
Este debate en torno a la infraestructura y las políticas públicas no es de este siglo, y posiblemente tampoco se acabe en este. Pero si algo demuestran Yakarta o Quito es que el Sur Global no necesita imitar a Europa para lograrlo: necesita resolver sus propios nudos de raíz: la corrupción, los grupos armados, la falta de cultura ciudadana, con la misma insistencia con la que insiste en construir. Ahora que el metro de Bogotá está en construcción y se acerca su inauguración, es el momento de reforzar precisamente eso. No podemos permitir que la inseguridad, la corrupción y la falta de confianza le ganen a la obra. Porque si no le ponemos el pie al asunto, seguirá siendo más fácil imaginar un metro funcionando en Yakarta que imaginar a alguien confiando lo suficiente como para ganarse diez mil pesitos en un Bus Stop Trivia bogotano.
1Fun fact: el metro de Quito es operado en parte por un consorcio que también trabaja con el Metro de Medellin, así que el camino al progreso esta rodeado de aliados.
Bogotá D.C., 4 de agosto de 2026
