Diego Católico Amaya
Administrador Deportivo, Especialista en Gestión de Proyectos y Contratación Estatal. Deportista y activista
Hay partidos que se juegan en una cancha y otros que se juegan en silencio, dentro de uno mismo.
Durante años pensé que el mayor reto para un hombre consistía en trabajar, sacar adelante a su familia, cumplir con sus responsabilidades y, si quedaba algo de tiempo, encontrar un espacio para hacer deporte. Nunca imaginé que una de las decisiones más importantes de mi vida llegaría en un consultorio médico y tendría tan poco que ver con todo lo que había planeado.
Tengo 42 años y, como muchos hombres, el deporte hace parte de mi vida. El fútbol es mi cable a tierra después de una semana de trabajo y la bicicleta se convirtió, hace ya varios años, en el lugar donde ordeno mis pensamientos. Siempre he creído que mover el cuerpo también ayuda a mantener la mente en equilibrio.
Pero hubo un momento en que ese equilibrio empezó a romperse.Los entrenamientos dejaron de sentirse igual. Me costaba recuperarme después de jugar fútbol o de salir a montar bicicleta. Lo que antes desaparecía con una buena noche de descanso comenzó a quedarse durante varios días. Al principio pensé que podía ser el estrés, la carga laboral o, simplemente, que los años empezaban a pasar factura.Con el tiempo entendí que había algo más.
El cansancio dejó de aparecer únicamente después del ejercicio. También estaba presente los días en que no entrenaba. Dormía seis, siete u ocho horas y despertaba igual de agotado. Incluso empecé a notar que cualquier comida me caía pesada. Mi cuerpo estaba enviando señales que ya no podía seguir ignorando.
Así que hice lo que muchas veces dejamos para después: pedí una cita médica.
Mi intención era sencilla. Quería que me ordenaran algunos exámenes para entender qué estaba pasando. Nunca imaginé que esa consulta terminaría cambiando mucho más que unos resultados de laboratorio.
La doctora que me atendió era de esas personas que transmiten confianza sin necesidad de hablar demasiado. Revisó mi historia clínica, preguntó por mis hábitos, por mi alimentación, por la actividad física y por algunos antecedentes familiares. Cuando la consulta parecía haber terminado, levantó la mirada y me hizo una pregunta completamente inesperada.
—¿Ha pensado en hacerse la vasectomía?
No recuerdo haberlo pensado demasiado.
—Sí.
La respuesta salió casi de manera automática. Tan automática que me sorprendió más a mí que a la propia doctora.
La idea llevaba tiempo rondando mi cabeza, aunque nunca había encontrado el momento para enfrentarla. Mi esposa y yo habíamos hablado del tema un par de veces, pero siempre terminábamos aplazando la conversación. En el fondo todavía conservaba esa ilusión silenciosa de tener un par de hijos más.
Sin embargo, la vida también obliga a mirar la realidad con honestidad.
Hoy mis proyectos académicos ocupan un lugar muy importante. Quiero terminar lo que empecé, seguir creciendo profesionalmente y construir un futuro más estable. A eso se suma que mi esposa tiene algunas condiciones de salud y que, a sus 41 años, un embarazo representa riesgos que ninguno de los dos puede ignorar.
Comprendimos que hay decisiones que no se toman porque uno deje de desear algo. Se toman porque amar también significa cuidar.
Hasta ese momento todo parecía bastante racional.
El problema apareció cuando la cirugía dejó de ser una conversación y se convirtió en una fecha.Nunca he tenido una buena relación con las agujas ni con los procedimientos médicos. Tengo un umbral del dolor bastante bajo y nunca me ha avergonzado reconocerlo. Soy de los que preguntan varias veces si una inyección va a doler y de los que imaginan el peor escenario posible cuando escuchan la palabra “cirugía”.
Por eso decidí hacer algo que probablemente muchos considerarían una imprudencia.
No investigué demasiado.Preferí no ver videos, no leer foros y no buscar historias en internet. Sabía que, si lo hacía, terminaría alimentando mi ansiedad. Confié en el urólogo y decidí enfrentar el procedimiento cuando llegara el momento.
Eso no significa que no sintiera miedo. Lo sentí, y bastante. Sin embargo, mi mayor preocupación no era la cirugía.
Era el deporte.
Puede parecer exagerado para quienes no encuentran en la actividad física algo más que ejercicio, pero quienes hemos hecho del deporte una parte de nuestra rutina entendemos esa sensación. Mi cabeza no dejaba de hacerse preguntas. ¿Cuándo volveré a jugar fútbol? ¿Podré montar bicicleta sin dolor? ¿Perderé condición física? ¿Cambiará algo en mi cuerpo? ¿Serán ciertos todos esos mitos que durante años escuché sobre la vasectomía?Confieso que, por momentos, esas preguntas terminaron pesando más que la propia cirugía.
Dormí poco la noche anterior. No porque sintiera algún dolor —todavía no había ocurrido nada—, sino porque el miedo tiene la extraña capacidad de adelantarse a los acontecimientos. A esas alturas ya había tomado la decisión, había firmado el consentimiento informado y tenía claro que no iba a echarme para atrás. Aun así, la cabeza seguía jugando su propio partido.
La mañana de la cirugía transcurrió con una tranquilidad que no esperaba. Llegué al consultorio convencido de que los minutos previos serían los más difíciles, pero ocurrió exactamente lo contrario. El urólogo volvió a explicarme el procedimiento, resolvió las últimas preguntas y, sin darme mucho tiempo para seguir imaginando escenarios, comenzó.
Todo terminó mucho antes de lo que había imaginado.
Gracias a la anestesia local, el procedimiento fue bastante más incómodo que doloroso. Lo que más recuerdo no es el bisturí ni el consultorio. Lo que realmente permanece en mi memoria es el instante en que entendí que el miedo que había construido durante semanas era infinitamente más grande que la realidad.
Por supuesto, después llegaron las molestias normales de cualquier procedimiento quirúrgico. También apareció algo que para cualquier deportista resulta difícil de aceptar: la obligación de detenerse. Descansar. Esperar. Darle al cuerpo el tiempo que necesita para recuperarse.
Y eso, aunque parezca sencillo, también exige disciplina.
Durante años asocié la fortaleza con la capacidad de resistir, de seguir adelante incluso cuando el cuerpo pedía una pausa. Hoy empiezo a pensar que la verdadera fortaleza consiste, precisamente, en saber detenerse cuando corresponde.
Mientras escribo estas líneas apenas han pasado tres días desde la cirugía. Camino con algo de cuidado, sigo las recomendaciones médicas casi al pie de la letra y, de vez en cuando, miro los guayos y la bicicleta con las ganas de quien sabe que todavía tendrá que esperar unos días más.
Lo curioso es que, mientras vivía todo este proceso, descubrí que no era una historia tan excepcional como había imaginado.
Durante mucho tiempo pensé que la vasectomía era una decisión poco frecuente entre los hombres colombianos. Sin embargo, las cifras cuentan otra historia. Profamilia reportó que entre 2020 y 2023 el número de vasectomías practicadas por la entidad pasó de 13.568 a 24.512 procedimientos, un crecimiento cercano al 81 % en apenas tres años, evidencia de que cada vez más hombres están asumiendo un papel activo en la planificación familiar.
Aunque la esterilización femenina continúa siendo el procedimiento definitivo más frecuente en Colombia, la diferencia ha empezado a reducirse. Según esa misma entidad, hoy se realiza aproximadamente una vasectomía por cada dos ligaduras de trompas, una proporción muy distinta a la que existía hace apenas una década, cuando la responsabilidad recaía casi exclusivamente sobre las mujeres.
Ese cambio también se refleja en el perfil de quienes toman la decisión. En 2024, cerca del 70 % de las vasectomías realizadas por Profamilia correspondieron a hombres menores de 40 años, un dato que habla de un cambio cultural silencioso: las nuevas generaciones parecen entender que la planificación familiar también es una responsabilidad masculina y no únicamente femenina.
Detrás de cada una de esas cifras hay una historia distinta. Algunos ya cumplieron su sueño de ser padres; otros decidieron no tener hijos; y muchos, como yo, simplemente comprendimos que amar también implica tomar decisiones responsables pensando en la salud, la tranquilidad y el proyecto de vida de quienes más queremos.
Aun así, la vasectomía continúa rodeada de mitos. Basta mencionar la palabra para que aparezcan preguntas sobre la masculinidad, el deseo sexual, la testosterona o el rendimiento físico. Curiosamente, muchas de esas inquietudes sobreviven a pesar de que la evidencia médica ha demostrado que el procedimiento no altera la producción de testosterona, no afecta la función sexual ni modifica las características propias de la masculinidad. Lo que cambia es únicamente la capacidad reproductiva.
Quizá por eso hablamos tan poco del tema.
Los hombres solemos conversar con facilidad sobre fútbol, política, trabajo o carros, pero muy pocas veces hablamos de nuestro cuerpo cuando se trata de salud sexual o reproductiva. Todavía existe una especie de pudor que nos lleva a guardar silencio, como si reconocer el miedo fuera una señal de debilidad. Yo también pensé así durante mucho tiempo.
Hoy creo exactamente lo contrario. Reconocer el miedo no me hizo menos hombre. Al contrario, me permitió tomar una decisión consciente, conversarla con mi esposa, escuchar a mi médico y asumir las consecuencias con tranquilidad.
No escribo estas líneas para convencer a nadie de hacerse una vasectomía. Esa es una decisión profundamente personal que cada pareja y cada hombre deben tomar de acuerdo con su realidad, sus proyectos y sus convicciones.
Escribo porque, si alguien llega a esta columna buscando la misma respuesta que yo busqué hace algunas semanas, quizá encuentre algo más útil que una lista de recomendaciones médicas. Tal vez descubra que detrás de una cirugía de apenas unos minutos hay un proceso emocional del que casi nadie habla.
Dentro de unas semanas volveré a escribir. Quiero contar cómo evolucionó la recuperación, cuándo pude volver a jugar fútbol, cuándo regresé a montar bicicleta y si todos esos temores que tuve antes de entrar al consultorio terminaron teniendo algún fundamento.
Porque las decisiones importantes no terminan el día de la cirugía.
En realidad, ese fue apenas el pitazo inicial.
Bogotá D.C., 28 de julio de 2026
